Energía solar fotovoltaica: una vía para neutralizar nuestra huella ecológica

huella3Cuando caminamos por la arena o por la tierra húmeda, dejamos impresa la huella de nuestras pisadas, es algo inevitable. Pero estas huellas no son iguales en todos los casos. Los que tienen un pie más largo y pesan más, dejan una huella más grande y profunda; los que tienen un pie corto y son más delgados, dejan una huella más pequeña y superficial.

Pues igual que al caminar, cuando consumimos todos los bienes y servicios necesarios para vivir el día a día también estamos produciendo una huella, la llamada huella ecológica. Los alimentos con que nos nutrimos, el transporte con que nos movemos, la vivienda en la que residimos, los servicios de los que nos valemos y los bienes que hacen que nuestra vida sea como es, dejan su propia marca, su propia pisada. Y es que todo ese consumo y su consecuente generación de residuos precisan de un espacio de territorio determinado para su producción y desecho. Cualquier sociedad humana y los individuos que la componen, dejan entonces, en el desarrollo de sus actividades, su propia huella ecológica. Esto también es inevitable.

Sin embargo, las sociedades, como las personas al caminar, dejan distintos tipos de huella según su tamaño y su peso. Así, una sociedad más extensa y opulenta dejará siempre una huella ecológica más grande y profunda que una sociedad pequeña y austera. ¿En cuál de las dos se ubicaría usted? Seguramente en la primera de ellas.

Según datos del Ministerio de Medio Ambiente, Medio Rural y Marino sobre la huella ecológica en nuestro país, el modo de vida de un español medio, con sus hábitos de consumo y sus desechos diarios, genera anualmente una huella ecológica de 6,4 hectáreas globales (hag), es decir, necesita un espacio de territorio productivo de esas dimensiones para poder vivir como vive. Este dato en principio no nos dice mucho, pero si lo comparamos con el territorio productivo que existe dentro de las fronteras de nuestro país, la llamada biocapacidad, que apenas llega a las 2,4 hag per cápita, podemos intuir que algo va mal en nuestro modelo de vida. Efectivamente, hay un déficit ecológico de 4 hag por habitante.

La lectura que debemos hacer de estos datos es la siguiente: para la correcta satisfacción de sus necesidades cada español precisa 2,5 veces el territorio del que dispone, con lo cual está obligado a utilizar territorios de otros países e, incluso, el territorio que podrían utilizar futuras generaciones. Nuestro déficit ecológico es, por tanto, muy grande, pero no sabemos si eso se debe a una población demasiado extensa o a un consumo demasiado elevado, es decir, si se debe a un pie muy largo o a un cuerpo muy pesado.

Para saber eso, tenemos que comparar el caso de nuestro país con el de otros conjuntos sociales que tengan un nivel de vida similar. En este sentido, nos sirve de referencia el dato de la Unión Europea. La media de la huella ecológica en los países de la Unión se ubica en las 4,7 hag por persona, contando con una biocapacidad por habitante de 2,3 hag. De esto se deduce que la población española no es excesivamente extensa, dado que cuenta con una biocapacidad muy similar a la media europea. Sin embargo, el problema pareciera residir en el nivel de consumo, el que determina la profundidad de la huella, ya que, en términos comparativos, es desproporcionadamente elevado. Por tanto, concluimos que el gran tamaño de nuestro déficit ecológico es consecuencia de unos hábitos de consumo desmesurados. Habrá que ver, entonces, cómo se conforma ese consumo para identificar, así, las partes del mismo que más inciden en nuestra huella ecológica individual.

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